miércoles, 26 de octubre de 2011

Diarios y nopales.

Nunca he sido muy disciplinada con esto de los diarios. Escribo, desde que aprendi a hacerlo, porque me nace, porque lo siento, porque es mi desahogo y mi manera de afrontar y asimilar la vida. He tenido muchísimos diarios, muchos, conservo algunos de ellos todavía, pero algunos otros desaparecieron a lo largo de los años.


Soy rara, dicen. Amo los diarios, y los libros.

Cuando niña, tenia un sueño maravilloso , en el que alguien me regalaba una maleta enorme, llena de cuadernos y diarios de todos tamaños y grosores. Era un sueño hermoso, del que no quería despertar, tal como me sucede ahora pero con otro sueño recurrente, que no viene al caso.

En fin, mi primer diario en forma me lo regalo mi profesor de Español en la secundaria como un incentivo.

Cuando desenvolví el paquete, tan primorosamente envuelto y adornado, quede maravillada y el profesor asombrado por mi reacción ante lo que el llamò ”un simple obsequio”.

Esa tarde, llegue a mi casa con mi flamante diario abrazado, brincando y cantando, cosa que le pareció rarísima a mi mama que en ese momento se afanaba preparando unos nopalitos con frijoles que nos iba a dar de comer.

- Y ahora tu, brincolina, que te pasò de bueno que vienes tan contenta?- me dijo.

Yo, emocionada y sonriente extendi mis brazos para mostrarle mi nueva posesión como si de un brazalete de diamantes se tratara.

Mi mamà me mirò con extrañeza, luego al diario, me imagino que tratando de entender què me emocionaba tanto de un simple cuaderno.

- Bueno, eres Ale- dijo- me olvidaba que no eres como tus hermanos.

Y volvió a su labor. Yo miraba sus manos hábiles mientras troceaba los nopales a los que previamente había despojado de las espinas. Los frijoles hervían en la estufa y su aroma càlido y delicioso invadía la cocina. En una sartén aparte, la cebolla se freia bailando entre el aceite, chisporroteando alegremente. Observaba todo esto, sin comprender como podía mi mama no emocionarse con algo tan maravilloso como un diario de vida. Luego recordè.

Mi mamà nació en un ejido junto a la Sierra. En las largas tardes y noches de lluvia nos extasiaba con los relatos de su infancia en aquel rancho, y asi fue como nos enteramos de su felicidad, pero también de las carencias que sufrìan. Mi abuelo y abuela eran jornaleros que emigraban de Estado en Estado, siguiendo la ruta de las cosechas de estación. A eso se dedicaban, a la pizca de tomate, maíz, manzana, lo que se diera en cada época del año, siguiendo un itinerario migratorio programado.

Mi abuela Josefina era nativa de Estados Unidos, descendiente de indios cherokee, pero cuando mi abuelo, 14 años mayor que ella, decidió que era la mujer de su vida, quemò toda identificación y documento que la acreditaba como ciudadana norteamericana, para evitar que se la quitaran y la regresaran “al otro lado”.

Mi abuelo era un hombre decidido y no se acobardaba fácilmente. Asì, cuando un hombre ebrio le disputo el amor de Josefina, sin razón, no tuvo empacho en liarse a machetazos con el fulano que no tuvo tiempo de lamentar su osadìa, ya que cayò muerto de un machetazo en plena frente.

Esa fue la razòn principal para que decidieran huir y establecerse en aquel ejido remoto enclavado junto a la sierra. Ahí, por fin sentaron cabeza y comenzaron su prolífica familia. Mi mama era la de en medio de 12 hermanos. Y era la favorita de mi abuelo.

Sin embargo, alimentar y vestir a tantos niños no era fácil. Cuando mi abuelo llego a ese ejido se convirtió rápidamente en Comisariado ejidal y con el tiempo llego a tener amplios sembradíos y muchas cabezas de ganado caprino. Yolita, mi mamà, correteaba y jugaba entonces por la sierra comiendo cuanta cosa comestible encontraba: pitayas, tunas, xoconostles, granjenos. Vagaba solita a veces por los secos terrenos llenos de matorrales, explorando y buscando que comer.

Cuando un dia, de pronto la niña cayo laxa y palida en la puerta del jacal mi abuelo no tuvo la menor duda de lo que había pasado: había comido tullidora, una planta cuya toxicidad ataca el sistema nervioso central.

Entonces comenzó el viacrucis de mi abuelo que amaba tanto a aquella niña, que no tuvo reparo en vender tierras y ganado para pagar el largo y costoso tratamiento que despuès de largos años le devolvió por fin la movilidad a la niña de sus ojos.

Para entonces Yolita ya tenia 8 años y era muy grande para ir a primer año en la primaria.

Pero mi abuela, que era una mujer dura y estricta, la inscribió igual en primer año. Asi que mi mama fue el centro de las burlas y las crueles bromas de sus compañeros de clase.

Se reian de ella porque era muy alta para primer año, porque iba mal vestida y descalza. El haber vendido sus tierras y ganado durante la enfermedad de Yolita, los había dejado en la miseria. Conservaron apenas el jacal en que vivìan, y mi abuelo tuvo que buscar un empleo como candelillero en Cuatrociènegas. Tenia que salir durante meses enteros, con algunos días para visitar a la familia esporádicamente. Durante esos meses el patrón les fiaba víveres para un mes, y los llevaban en camiones al ejido para entregárselos a sus familias.

Todo se los rebajaban de su paga por supuesto. Yolita recordaba con que gusto miraban llegar los camiones cargados con las provisiones, como saltaban de alegría de ver tanta comida junta, los tanques de melaza, de maíz en grano, en mazorca, de frijol, harina, todas aquellas cosas maravillosas que tanto ansiaban los últimos días del mes, cuando las alacenas estaban tan vacias como sus estomagos.

Al llegar el dia de paga a mi abuelo y a todos los trabajadores les daban solo una pequeña cantidad de dinero, por lo que tenían que sacar fiado de nuevo, en aquel circulo eterno llamado tienda de raya.

Asi, que normalmente no había dinero ni para zapatos. Por eso Yolita iba descalza. Las burlas eran hirientes y crueles asi que Josefina por fin se condolió y dejo de enviarla a la escuela.

- Al fin que por lo menos ya medio sabes leer y escribir- dijo- y me haces mas falta para que cuides a tus hermanos menores y me ayudes en la casa.

Yolita leìa lento y escribìa solo en cursiva y con letra muy temblorosa: por eso no leyò nunca mas que libros de oraciones y cantos. Por eso no escribìa y se avergonzaba de su letra. Por eso no se emocionò cuando le mostre mi flamante diario nuevo.

En aquel momento no comprendía mi fascinación por la lectura y la escritura tal como yo no comprendía la importancia que para ella, que siempe sufrió hambre cuando niña, tenia la comida en general y las costumbres rancheras y toscas que me desagradaban tanto a veces. Yolita y yo parecíamos entonces tan diferentes. Tan lejanas.

A veces me preguntaba a mi misma, si aquella mujer de costumbres rudas, toscas, con lenguaje tan florido, que apenas sabia leer y escribir, era mi madre. No veía entonces la maravillosa belleza de todas sus virtudes.

Ese dia, con mi diario en la mesa y mi madre cocinando frente a mi, a mis 14 años, me distancie de mi mamita emocionalmente. No la comprendía. Ni ella a mi. Me parecía que nunca tendríamos semejanza o algo que ver una con la otra.

Estabamos tan lejanas en realidad.

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